4 ene 2010

Desde la estación







Y allí en la estación, los recuerdos de días y días, de noches infinitas y mañanas en que al abrir los ojos estás tú, las lágrimas caían por las mejillas. Arrepentido de haber “desperdiciado” ese tiempo el joven muchacho, se sentó desolado, al ver el convoy partir, en el primer banco que consiguió distinguir entre las lágrimas, porque solo de pensar que los labios de ella ya no le pertenecían el mundo se le venía abajo, la simple imagen de ella, con otro, aunque no tuviera ni nombre, le había atormentado desde el día que lo supo. En un nuevo año lleno de propósitos y planes para continuar adelante con la vida, de recuerdos que ya pertenecían al pasado, ella estaba más presente que nunca tras cruzar mares y océanos para desearle la mejor de las navidades a aquél muchacho.


Ambos se habían mentido, ambos habían ocultado cosas para no hacerse daño, pero les resultaba más doloroso saber ahora que las cosas habían cambiado, que apenas podían juntarse en un cálido beso como en su anterior despedida atados por un pañuelo verde. El tiempo pasa, la gente viene y va, se rompen y se crean nuevos vínculos que hacen cambiar los planes de un momento a otro, sin esperarlo. Las decisiones más simples, la mayor tontería puede tener una repercusión que jamás imaginemos.


Así es, tren había salido de la estación, y ya apenas se veían las luces de detrás de la fina lluvia que hacia el día perfecto para una dolorosa despedida.


Mientras los demás ferrocarriles llegaban, salian también o esperaban a algún pasajero tardón, los viajeros corrían con sus maletas hacia el tren a Alicante, hacían cola para el de Barcelona o discutían con alguien del personal de renfe, el chico, avanzaba tropezando de vez en cuando con alguien que corría y murmuraba algo así como un lo siento fugaz que rápidamente era tapado por el sonido de alguna de las viejas locomotoras de carbón que hacían ya rugir sus motores avisando de su inminente salida.


“Nos vemos en el mes de Juan