En la letanía del mecer del sueño, cayeron los campos de luz para hablarle a tu mirada, en esos ojos oscuros, con la cabeza ladeada sobre la almohada, el pelo revuelto y lenta respiración. La calma que sigue la tormenta. Abrazados, con las piernas entrelazadas, a pesar del calor que hacia, de las gotas de sudor que empañaban el cristal con su mano marcada sobre el en un intento de agarrarse a algo durante la batalla.
Y así el té hizo su efecto, las rosas, la canela y el jengibre, habían causado estragos en el cuerpo de la dueña, que a tientas buscaba la botella de agua en el lado de la cama.